Una imagen vale más que mil palabras



Estos últimos años el mundo ha sufrido muchas desgracias humanitarias. No sólo el éxodo de millones de refugiados y migrantes que vienen a Europa huyendo de la hambruna y los conflictos bélicos en Oriente Medio y el Norte de África, también los 921 mil muertos por coronavirus.


No son los únicas tragedias y catástrofes que se han producido en lo que va de siglo, y han arrastrado con sufrimiento millones de vidas. La guerra de Irak y Afganistan, los atentados terroristas en Estados Unidos y Europa, los devastadores tsunamis provocados por el terremoto en el sudeste asiático...


De todos estos sucesos se han capturado una numerosísima cantidad de imágenes, algunas muy recordadas. En estos casos, la fotografía es muy importante, pues permite que cualquier persona del mundo pueda ver en una impactante imagen aquello tan terrible que está sucediendo al otro lado del mundo.


Sin embargo, dichas imágenes han de ser captadas por el fotógrafo desde el respeto, a fin de no causar en el que la observa el efecto contrario a la solidaridad y a la conscienciación de la responsabilidad comunitaria, sino todo lo contrario, la morbosidad que aumenta la audiencia buscada por algunos grandes medios de comunicación, que seleccionan unas imágenes y otras no con una intencionalidad sensacionalista. Así que, para el fotógrafo, hay una gran pregunta que debe realizarse a sí mismo: ¿Debería fotografiar estas personas extrañas para mí, con el mismo respeto con el que fotografío a mis seres queridos?



Fotografiar, con respeto y honestidad, los aspectos duros, crudos y violentos de la vida, es necesario para concienciarnos del sufrimientos que ajeno que, aunque esté a miles de kilómetros de distancia, no es el guión de una película. Lo que afecta a una parte del mundo, aunque lejana, nos afecta a nosotros. Ejemplo de ello es lo que vivimos actualmente con la pandemia del coronavirus. De todos estos miles y miles de dramas humanos, me quiero centrar en el campo de refugiados de Moria, donde hay miles de niños, solos, mujeres embarazadas, mujeres que acaban de dar a luz y no les sube la leche y, en lugar de alumbrar vida, alumbran muerte a sus hijos. Ellos sólo piden libertad, y qué es la vida sin libertad sino una tortura. No es un campo d refugiados, un refugiado nunca puede estar sin derechos, es un campo de concentración porque se les tortura. Cuanto me recuerda a la Europa de los años de los nazis y sus campos de concentración. Celebramos actualmente la liberación de aquellos campos del terror, y, sin aprender de la historia, Europa continua creando otros campos del terror.


¿Quién liberará estas víctimas? Por eso, en mis dos fotografías de hoy, se ve la representación de una Alemania moderna, que parece representar el liderazgo de la nueva Europa, unida, moderna, dispuesta a avanzar tecnológica y económicamente, abanderando los derechos humanos. Sin embargo, en contraposición, hay elementos pasados de guerra, sombras y fantasmas de su pasado, cruel y violento, esos instrumentos de guerra del pasado ahora son otros. Son un no ponerse de acuerdo, un girarse de espalda, un pasar la responsabilidad de unos a otros, y encima obstruir la labor de aquellos que con todo el respeto y sin pretender levantar morbosidad desde lo más cruel que el hombre da al hombre, evita la captación fotográfica de ciertas imágenes.


Un aplauso por los compañeros fotoperiodistas que están sobre el terreno. ¡Adelante, compañeros!


Albert Graells

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© 2019 por ALBERT GRAELLS FOTOGRAFÍA.

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